Correspondencia (•En directo): Olor a noches de verano

Olor a noches de verano

¿Podía haber algo más excitante? Solo él era capaz de responder a esa pregunta y eso la fastidiaba. Él no era nada fuera de lo corriente, su prototipo, para decirlo de alguna manera; su barba, su pelo bien arreglado, su cara seria con rasgos de madurez, una mirada intensa y, desde luego, penetrante. Tenía su propio estilo y denotaba una despreocupación por la opinión de los demás que le otorgaba una seguridad y convicción envidiables. Pero lo que más la fastidiaba era su arrogancia y prepotencia cínica llevada a un humor absurdo que le proporcionaba una felicidad tan terriblemente odiosa que aún le hacía desearlo más. Pero debía disimular, todas las mujeres deben hacerlo, así lo marca el protocolo. Debía esperar a que fuera él quien se acercara, ella solo podía manipular el contexto para propiciar un encuentro, pero por desgracia, lo que más le atraía era su inteligencia, lo que complicaba aún más el éxito de una emboscada.

Y así iban pasando los minutos, ella impaciente ya que nada cambiaba en su entorno que pudiera aprovechar. Las horas se echaban encima oscureciéndose hasta que el sol desapareció por completo dando paso a una de las noches más cortas del año. Ya había perdido medio día tan solo fantaseando con lo que le gustaría que pasara aquella noche, pero su terrible timidez, con la que llevaba años luchando, no iba a ayudarla.

Él la había mirado, se conocieron unos días atrás y ya quedó constancia de que existía una atracción, lo que no entendía, era donde quedaba esa atracción ahora, cuando más ganas tenía de que explotara. No tenía pinta de ser un chico de los que juegan así o de los que les gusta que les vayan detrás, entonces, ¿qué estaba ocurriendo? o mejor dicho, ¿porqué no estaba ocurriendo nada?

Se vio a si misma con su cara de incomodidad cuando las cosas no le salen como ella quiere y sabía que no era una cara nada atractiva, ¿podía su impaciencia haber apagado todo el fuego de aquel primer encuentro?, pero no estaría impaciente si ese mismo fuego los hubiera llevado a cierta situación.

Le pareció tan absurdo el laberinto mental en el que ella sola se había metido que decidió calmarse, tarde… ¿Donde estaba? Se le había escapado mientras se lamentaba, además, ¡tampoco estaba Samanta en escena! Eso si que no podía permitirlo. Le preguntó a Marta, su mejor amiga, que por supuesto estaba al corriente de todo, y ella le contestó que Samanta tan solo había ido al baño y Juan a buscar el bañador al coche, lo que la ayudó a recordar que ella también debía cambiarse. No tendría una oportunidad mejor, sobretodo si él estaba solo.

Así que corrió, disimuladamente claro está, para, al menos, encontrarlo aunque fuera volviendo, pero solo, eso era lo importante. Llegó donde habían aparcado los coches y no lo vio por ningún lado, pero no había otra ruta por donde volver, así que Marta debía haberse equivocado. Igualmente, ella debía cambiarse para poder bañarse, aunque en aquel momento deseaba que solo estuvieran ellos dos, y me refiero sin ropa, bañándose. Algo le sucedía aquellos últimos días de vacaciones, estaba más receptiva sexualmente hablando y no sabía si era culpa de Juan, o le gustaba tanto Juan por que estaba receptiva… pero eso no importaba ahora, debía darse prisa para poder encontrar a Juan. Como estaba sola y para mayor comodidad, decidió cambiarse fuera del coche, tapada por la puerta por si acaso. Y cuando ya estaba confiada notó su respiración en el cuello, y sabía que era él.

Su sola respiración la inmovilizó tal y como a él le gustaba, ni siquiera se dio cuenta del estado en el que estaba hasta que él, sin perder tiempo, como si no fuera la primera vez, dirigió su mano exactamente a donde ella quería notarla. ¡Y vaya mano tenía!, grande y fuerte, eso ya hizo que se mojara, y aún no había llegado, aunque no tardaría muchos minutos más aunque parecía gustarle el camino.

 

Ella seguía sin poder moverse lo más mínimo a causa de la sorpresa y de la precisión de sus movimientos, como si ya conociera su cuerpo, pero notando perfectamente unas sensaciones descaradamente abismales. Empezó a sentir vergüenza a medida que él acercaba su mano a su intimidad porque ya hacía minutos que notaba lo húmeda que estaba. Pero aquello pareció acabar de despertar aquel fuego, ahora candente, que había notado por parta de Juan ya que una energía vigorosa invadió su mano deleitándola como nadie había sido capaz de hacerlo antes. A todo esto, él no dejaba poro de su cuello sin saliva, recorriéndolo como si acabara de descubrirlo y quisiera conquistarlo para él, para siempre, y ella ni iba ni podía poner objeción alguna.

Y allí se encontraban, sin ser conscientes de la escena, o al menos ella, ya que Juan cada vez más estaba demostrando saber muy bien lo que hacía y demostrando tener el control absoluto, y eso era precisamente lo que la irritaba, hasta el punto de gemir como si quisiera ahuyentar a todo ser vivo que se encontrara cerca, como quien alarma de un fuego que ahora notaba dentro de ella y que no le daba tiempo casi ni a respirar entre grito y grito, menos aún de saber que era exactamente lo que estaba sucediendo.

El tiempo había dejado de existir. No era capaz de sentir nada exceptuando ese inmenso placer que le nacía de lo más profundo de su sexo ahora completo y más húmedo que nunca. Ni siquiera era capaz de notar las gotas que le nacían en la espalda a causa de la rapidez de su respiración, alterada e intensa como sus sensaciones. Y cuando creía haber perdido ya toda decencia entre las hojas de aquel bosque paradisíaco, prisionera de un hombre al que, inconscientemente, le había dado derecho a hacerle cualquier cosa, la giró bruscamente, la levantó con una fuerza que no parecía tener dada su delgada complexión, sumando así más atributos, y apoyándola en el capó del coche que no tardó en calentarse ya que su cuerpo ardía más que aquella calurosa noche de verano en la que el termómetro se había equivocado incapaz de predecir aquello.

Parecía a punto de desmayarse cuando la resucitó el solo contacto de la humedad algo rasposa de su lengua entre sus piernas. La resucitó para elevarla a un cielo totalmente nuevo que no había podido ni imaginar y que ahora también era incapaz de hacerlo ya que su cuerpo solo respondía a los espasmos incontrolables de un placer oscuro que parecía estirarla, y así lo hacía, hacia la boca de Juan, que la había agarrado con una firmeza absoluta desmontando por completo su voluntad, si es que la hubiera habido, de separarse. Ya daba igual cuantos espasmos y cuan fuertes fuesen que sus brazos parecían mordazas que no dejaban ni un ápice de aire entre sus muslos y su lengua. Nadie le había comido los labios de aquella manera jamás y no deseaba que parase, aunque creía no poder soportarlo. Ya había perdido la noción del tiempo y del espacio, podría haber habido veinte personas mirando que no las hubiera visto, no veía nada, solo sentía, completamente nublada, una lengua hiperactiva que removía cielo y tierra buscando algo que desconocía, hasta que de repente, supo de que se trataba.

Todo desapareció, incluso Juan y su lengua, hasta su propio cuerpo. Durante unos eternos y a la vez efímeros segundos, ni siquiera ella estaba dentro de su cuerpo, aquello debía ser como un viaje astral, un alma separada en un lugar vacío… o inmensamente lleno. Así se quedó, completamente llena de si misma y de parte de la deliciosa saliva de aquel chico que la había transportado a otra dimensión, al que abrazó y no volvió a separarse en lo que quedaba de noche. Todo lo demás debía esperar, al fin y al cabo, no se viaja al nirvana todos los días.

– Juan… te quiero-

(X)

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