Correspondencia (•En directo): Salvar los muebles

Salvar los muebles

Fue un chico precoz, su alta sexualidad marcó su adolescencia, y no por el exceso de práctica, más bien lo contrario. Nunca ha sabido determinar si esa sexualidad estaba causada por la falta de práctica o le nacía por su naturaleza. Aunque nunca le supuso un problema ya que a partir de los diez y ocho años utilizó toda esa energía de una forma continua hasta ahora.

Él, honestamente, creía ser bueno haciendo aquello, pero no por una técnica depurada, sino por el ímpetu que le ponía, y que nadie haya conseguido excitarle tanto como cuando es él el que infunde ese placer, agrava más este dato. Y esta es la causa de su estado actual.

Aún se le podía considerar un chico joven y para las mujeres de una edad más avanzada, demasiado, bastante atractivo, igual que para la comunidad homosexual. Pero su forma de ser, su carácter inconformista y su política de extrema sinceridad le ponían las cosas aún más difíciles para encontrar pareja, pero era feliz. Había encontrado su punto de equilibrio y aquello era un alivio liberador. Siempre había sido un chico inestable emocionalmente, era como una montaña rusa y eso era algo difícil de llevar pero ahora tenía una estabilidad que le permitía el lujo de reírse cada día, incluso solo, incluso de si mismo, era su pequeña caja fuerte y nadie iba a perturbarla.

Maduró demasiado, demasiado pronto, lo que influyó claramente en el ser en el que se había convertido. Entre otras cosas, se había transformado en una persona muy sensorial y sensitiva, emocional, y, aunque sin perder ese gran rasgo racional empírico que le había caracterizado durante su adolescencia, sus decisiones estaban regidas por sus sensaciones, sumado a su norma de hacer lo que le placía en cada momento, se presentaba como una persona libre. Y no hay algo que pueda molestar más a una persona libre como que le hagan perder el tiempo. Por eso medía, había aprendido a medir, todo lo que daba y no tanto que recibía sino como valoraba esa otra persona lo que él le estaba regalando. Si le haces perder el tiempo, es mejor que te quites rápido de su vista ya que además, reserva una malicia compleja para esta ocasiones.

Sin duda su estado estaba justificado. Después de dos horas en las que había tenido que estar atento a su teléfono pendiente de Sofía, no parecía que pudiera haber ya solución a un problema que venía de meses atrás.

La noche en la que se liaron hubo magia y creyeron poder exprimirla más allá del ambiente alegre que te brindan unas buenas vacaciones en Formentera. Y Juan, que era de agotar todas las opciones, ya hacía semanas que creía haberlas agotado todas. Y aquí era cuando esa diferencia de edad que tanto odiaba volvía a hacerse notar.

Sofía arrastraba una inmadurez, propia de su edad al fin y al cabo, que la llevaba a gestionar las relaciones sentimentales de una forma infantil, simplemente, omitía el tema. Eso se debía al miedo a quedarse sola y a enfrentarse a Juan, consciente eso si, de que el final ya estaba escrito. Lo que no sabía era que había una mejor forma de hacer aquello, y no era haciéndolo esperar.

Juan por su parte, que ya lo había visto venir tantas veces, había decidido con lo que Sofía había perdido toda capacidad de perturbarlo, volviendo a su estado de ingravidez. En cuanto llegara iban a dejarlo, ahora debía buscar otra pareja para satisfacerse. Era una pena tener que dejar a una chica tan maleable e inocente con la que podía jugar, amarrar e incluso forzar, y que además parecía gustarle de verdad, siempre acababa pervirtiéndolas, y cuando ya sabían, volaban a otra flor o, simplemente, se cansaba de ellas.

Le encantaba enseñar, en todos los ámbitos, pero en una pareja no buscaba eso. Debía existir un “feedback” para conseguir despertar un interés prolongado, sino la evolución era imposible.

Últimamente no tenía problemas para encontrar, como mínimo, muestras que “testear”. La cafetería le había dado cierta fama ya que había conseguido un éxito moderado, el hecho de hacer algo diferente siempre acaba llamando la atención.

Tenía un par de ideas en su lista y era hora de empezar a calibrar sus posibilidades y de decidir una estrategia. Los lunes eran para Lucía y Noe, el problema sería elegir, pero siempre podía dejar caer el anzuelo y ver cual picaba antes, y si jugaba bien, incluso las dos. Sabía también que siendo amigas, ellas mismas elegirían quien se lo quedaba si es que querían, aunque Juan sabía que querían. Por algo Lucía volvía todos los lunes por la tarde y por algo Noe solía dejarse algo insignificante, como un trozo de papel en blanco, excusa que aprovechaba para tomarse otro “mocha”. Si dependiera de él, elegiría el francés de Noe y sus terribles tacones, pocas mujeres los sabían lucir tan bien.

Ahora tocaba prepararse para los falsos llantos de Sofía. Las cosas paso a paso, aunque por dentro ya las estaba pervirtiendo a las dos.

(X)

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