Correspondencia (•En directo): Medias…noches

Medias

No tenía claro si hacerlo, siempre había sido muy paranoico y aquello era demasiado bueno para pasarle a él. Pero las ganas le podían, además, ya tenía un plan de escape por lo que pudiera pasar, así que tocó la puerta. Mientras esperaba se dio cuenta que se había convertido en el que espera. Juan tenía una teoría, en realidad era un teórico masivo, según él se podía clasificar a las personas dependiendo si eran de las que esperan o de las que esperan las personas que esperan. Y ser de las primeras implicaba no tener el control y, peor aún, haber actuado como la chica esperaba, tendría que hacer algo, así que fusionó los planes de huída y de comportamiento.

La 104 se abrió para él, no hizo falta ni la típica pregunta, si estaba allí era porque ella quería. Apenas tuvo tiempo para observar la magnificencia de aquel ser que sudaba más de lo que era, pero sin saberlo. Era un ser libre, eso era lo mejor.

Bueno, eso y las medias que si había conseguido ver. Un disimulado encaje, elegante pero con un toque picante intrínseco en el color rojo sangre, el mismo que en las palabras de la frase de aquella chica de la cual no sabía el nombre, el mismo rojo sangre de aquellos labios a los que dirigió su mirada como quien prepara un ataque. Pero, su agilidad visual le había brindado una penúltima imagen, la de aquella blusa hipnóticamente transparente que dejaba entrever la piel erizada por la excitación, o eso había decidido creer, de unos pechos distinguidamente perfectos.

Y, sin darse cuenta, con las extraordinarias habilidades felinas que había aprendido a utilizar en ciertas ocasiones después de dejar el canal de documentales puesto todas esas noches que no tuvo el valor de volver a su habitación, teniendo ya el punto de mira en ese rojo sangre, se abalanzó hacia ella. Sincronizó todas las partes de su cuerpo y analizó el espacio que se abría ante él con el fin de utilizarlo para sorprenderla e inmovilizarla lo antes posible, con la brusquedad que le gustaba y la dulzura que necesita la desconfianza.

Apenas le había dejado tiempo para confirmar que era él, aunque no lo necesitaba. Ya había hecho suyos aquellos dos tiernos, suaves y paralelos trozos de ella, tanto, que parecía quererlos de verdad, con sinceridad, para él, robárselos. Pero sus manos no habían perdido el tiempo, como entes independientes y mucho más rápidas que su cuerpo, habían empezado a reconocer, casi para recordar el tacto que la sequía le había hecho olvidar, su piel, templada, increíblemente suave y con esa textura adictiva. Una de ellas se quedó atrás, despistada completamente por aquella masa relativamente blanda que nos atrae de una forma ilógica e inexplicable, que nos deleita con tan solo mirarla. Se quedó jugando, como si analizara su índice de flexibilidad, su masa total, su capacidad de elasticidad y, por supuesto, sus límites de presión, información que iba a serle útil minutos más tarde.

No olvidemos la última guerrera que ya se había abierto paso, sin demasiada oposición, por una selva que acababan de talar para la ocasión. Pero era listo, ya había recuperado el control en cuestión de segundos, había conseguido que la presa mostrara el cuello, símbolo de sumisión, y no era el momento de dárselo todo, ahora, y sabiendo que esa chica tenía ese perfil que tan celosamente había delimitado, le tocaba disfrutar a él.

(X)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s