Correspondencia (•En directo): 104

104

“Esta será la última vez”…..siempre me decía lo mismo y siempre volvía a caer en el mismo vicio. El poder que otorgan las curvas, es demasiado adictivo. Pero no puedo volver a cometer el mismo error. No quería seguir jugando al gato y al ratón. Sobretodo porque era agotador no saber cuándo jugar al gato y cuándo al ratón. Curioso pero, nunca le gustaron las arañas y ahora, sin saber cómo, se había convertido en una gran tejedora de telarañas donde atrapar a sus presas, todos sustitutos baratos del verdadero objeto de sus placeres más oscuros.

Aquellos encuentros con desconocidos siempre seguían los mismos pasos. Encuentros furtivos, en habitaciones de hotel. Sin palabras, sin falsas espectativas, solo dos cuerpos saciando su sed de placer. Pero si en ese peculiar juego, ese intercambio de saliva, sudor y gemidos, no había perdedores, ¿por que ella, nunca se sentía completa?

Las nuevas app para ligar eran de gran ayuda a la hora de elegir a su próxima presa. Una frase original introductoria, sin muchas complicaciones, un leve coqueteo, frases más que estudiadas para ir tejiendo la telaraña y atrapar al “insecto” sin darle tiempo a reaccionar. Cánticos de sirena para marineros de agua dulce fáciles de ahogar. Una norma estaba clara, no involucrarse personalmente, ni siquiera les daba su nombre real, tenía una extraña fijación con los nombres y su significado. Quedaban poco más de un par de minutos para el nuevo encuentro. El último, se repetía mentalmente como un mantra, mientras pintaba sus labios de ese color rojo fuego, rojo sangre, que hipnotizaba a cualquiera. Dio un paso hacia atrás y repasó cuidadosamente su imagen completa en el espejo. Pelo suelto y ondulado, morena, media melena, piel de porcelana, sin manchas o marcas, casi tan blanca como la camisa de tejido liviano y semitransparente que le cubría unos pechos firmes y sin sujetador, dispuestos a dar guerra. El traje de caza terminaba con unas medias sujetas al muslo por un encaje sútil y elegante. Unos tacones de aguja vestían sus pies. No era muy alta, y aún así sabía que la mayoría de hombres con los que había estado debían ponerse de puntillas para estar a su altura.

Unos golpes en la puerta de la 104 dieron el pistoletazo de salida al juego. Adoptó su mirada felina y abrió la puerta. Pero no estaba preparada para la tormenta que se avecinaba, nadie sale ileso de un tsunami como el que ahora tenía enfrente, con cuerpo de hombre. Disimuló, amarrando fuerte el timón para no naufragar, pero incluso antes de ofrecer su cuello al sacrificio del placer sabía que esta vez, la presa iba a ser ella.

(M)

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