Correspondencia (•En Directo): Cuerdas

Cuerdas

Allí estaban, había conseguido a alguien para traspasar sus límites, o eso habían acordado. Él sabía que había que concretar, incluso firmar un contrato, sobre lo que podía pasar, al fin y al cabo era dejar salir sus instintos sin control alguno, y le asustaba incluso a si mismo.

Había tardado dos años y medio en encontrar a la persona, y aún había tenido suerte. Ese… estilo no era apto para el noventa por ciento de la gente aunque mucha pensara que si, por suerte él sabía como identificar, o mejor dicho, descartar a las personas equivocadas.

Decidió empezar por donde lo había dejado, las cuerdas, así que ya la tenía atada. Era un paso importante ya que con la tensión de las cuerdas podía verse lo que sería capaz de soportar aquella persona.

Noelia no iba a ser la misma después de aquello, él ya lo había vivido, solo esperaba que ella le hubiera entendido. Aquello, casi, no era sexo, era algo tan poco corriente que debería tener otro nombre, y no era sado.

Todo empezaba con el “si quiero”. Ahí se despertaba el placer más oscuro, resurgían los instintos y nacían los planes, las ideas. Ahí empezaba el sexo, ese “si” como cuando lo gritan entre las sábanas. Salivaba con tan solo imaginárselo, el karma le devolvería lo que le debía o se lo cobraría.

Atarla había sido un trabajo lento, pero era esencial. Debía ser muy dulce y preciso o la chica podría sufrir más de lo necesario, más de lo deseado. Al final se trataba de eso, de encontrar el punto máximo, el límite. Aunque realmente era como el orgasmo, no se trata de llegar, se trata del “como” y de disfrutar el camino. Las mujeres, y los hombres también, no disfrutan el orgasmo en sí, son esas milésimas, si eres bueno segundos, anteriores. Y con esa práctica era igual, el objetivo; “rojo”, el placer; el recorrido y el control de este, conseguir atrasar el final todo lo posible sin dejar de avanzar.

Delante de sus ojos y a merced de sus manos y mente, Noelia, aunque ya no era Noelia, ahora era un juguete que explorar, manipular, estirar, presionar, lamer, utilizar, golpear, follar, si, follar, hasta el preciso momento en el que empieza a romperse, donde uno debe parar. No había más tiempo que perder, si lo hacía bien, aquello podía durar todo lo que él quisiera, esa era su mayor fantasía.

Era sin duda una chica atractiva, con una cara que muchos catalogarían de preciosa, mejor, más fuerte la golpearía. Así empezó, al principio con suavidad, casi acariciándola, intercalando alguna bofetada leve para ir incrementando la fuerza progresivamente. Le encantaba ver como al abofetearla se balanceaba suspendida del techo de su habitación. Ahora quería esa primera lágrima, correrle el “rimel”, pero solo una. Fue incrementando cada vez más y ella sin quejarse, ya estaba aguantando más de lo que esperaba y aquello lo encendió. Sin que ella pudiera verle, sin que ella supiera quien era él, sin darle tiempo entre manotazo y manotazo, le acercó su miembro a sus labios tan solo para que recordara el sabor que tenía.

Pasó a cebarse con su trasero, nada mal, siempre con sus manos, no entendía el placer de no sentir con sus manos. Buscó el color rojo, no ese color rojo bofetada, era un color rojo mucho más intenso, ese rojo que surge justo antes del morado. Por supuesto, Noelia había empezado a gritar, mucho, y no habían hecho más que empezar, pero le encantaba aquella banda sonora y que no pudieran contenerse. Aunque los gritos estaban apagados por el bocado que le había atado a la boca.

 

Aceite, ese era el siguiente paso, aunque nunca había siguiente paso, simplemente hacía lo que quería. Vació completamente la botella de aceite para masaje en el cuerpo de ella, disfrutando de todas sus partes, impregnándola entera. Ahora brillaba y chorreaba. La cogió por el pelo, largo, se lo estiró como si quisiera arrancárselo, provocando un fuerte tirón en el cuello y estampándola contra la pared con gran fuerza, aplastando sus pechos y presionándola hasta el punto de no dejar nada de aire para respirar, añadiéndole dificultad, por si no bastara con taparle la boca.

Rompió la cuerda que unía las dos piernas con un cuchillo, las agarró clavando sus dedos en la carne de los muslos sabiendo que aquella inmensa presión dejaría una marca definida, quería que cuando se duchara recordara todo aquello y volviera a mojarse. Las separó todo lo que dieron de si y empezó a comérsela como un caníbal. Le encantaba aquello, oírlas, quejándose de placer. Podía pasarse horas, además, le encantaban los espasmos, el “no puedo soportarlo más”, era entonces cuando más se aplicaba. Ya había conseguido hacerla sudar, ahora quería exprimirla de todas las maneras posibles. Lamió su sexo hasta quedarse él sin saliva en su cuerpo, había estado horas y ya notaba que si continuaba no podría hacer nada más con esa parte de su cuerpo aquella noche. Era hora de dejarla allí, colgada, con un nuevo instrumento de convicción, como le gustaba llamarlos, entre sus piernas, solo para no dejarla sola. Uno que podía controlar con su móvil desde el restaurante donde había quedado para cenar.

(X)

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