Correspondencia (•En Directo): Adiós

Adios

Había llegado el momento.

– Tengo que deciros algo para lo que no estáis preparados, que no vais a entender y que os destrozará. Duele haceros esto creedme, pero siempre ha sido inevitable y ahora, simplemente, ha llegado el día –

Le estaba costando más de lo que esperaba. Ya notaba su corazón al borde de una aritmia, y aunque estaba acostumbrado, aquella era inusualmente intensa, lo que le causó dificultades para respirar, hormigueo en las manos, rojas por el exceso de riego, sudadas. Respiró.

– No tengo el sentimiento que debería hacia vosotros, no os quiero, a ninguno. Desde que era pequeño he ido desarrollando una animaversión hacia toda la familia fruto de  continuas decepciones. No puedo seguir… –

El nerviosismo le estaba ganando y le era casi imposible hablar, parecían salirle lágrimas, aunque sabía que volverían a entrar solas.

– Lo más sincero y lo que necesito es desaparecer de vuestras vidas, de momento. Nunca podré llegar a ser yo mismo a vuestro lado porque no os considero parte de mi, sois una carga ahora mismo –

Ahora empezaba a dolerle, era muy consciente de que no había nada peor para su madre que aquello. Una llamada anunciando su muerte sería menos doloroso, pero la elección de desaparecer era algo que podía hundirla, pero eran ellos o él.

– Me habéis dado lo imposible, lo se. No tengo forma de agradeceros todo eso pero ya se me ocurrirá algo más adelante, aunque no queráis. Os devolvería todo este tiempo si pudiera y se que no lo queréis. Creo que me llevo lo mejor de cada uno, aunque no lo sienta. Ojalá algún día me de cuenta que esto es un error, os lo aseguro, el no sentir algo que todo el mundo siente es una sensación horrible. Desearía, por vosotros más que por mi, que podáis perdonarme –

Silencio, shock, falta de oxígeno, aspereza, sequedad, vacío. Se giró, aprovechando aquellos instantes, salió por la puerta sabiendo que ya no había vuelta atrás. Se metió en el coche, hubo una mirada de complicidad, de empatía, Marta se hecho a llorar desconsolada y arrancó. Él sabía que le dolía casi más a ella haber tenido que llegar a aquel extremo, pero le entendía. Le costó convencerla, pero le hizo jurar que pasara lo que pasara, arrancaría el coche y se irían. Lloró como no he visto llorar a nadie antes, consciente de que acababa de matar a sus padres como lo que eran. Si sobrevivían a aquello serían solo almas atadas a la esperanza de su regreso. Lloró, todo lo que no había podido llorar durante todos los años anteriores, incluso cuando se lo había propuesto. Dolor, un dolor escalofriante que se reflejaba en su cara, una cara marcada ya con la cicatriz de la culpabilidad de no sentir, del peso del mundo de cada uno de los que estaba dejando atrás. Juan, había dejado de existir.

(X)

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