Correspondencia (•En Directo): Extrasensorial

Extrasensorial

Tenía uno de esos días, hacía años que incluso había olvidado que tenía esos días. La necesitaba, así que llamó hasta que ella descolgó el teléfono.

– Tienes que venir-
– Pero ¿que pasa? ¿es grave?-
– No, no, no ha pasado nada, simplemente ven-
– Me estas asustando, hacía una semana que no hablábamos-
– No hay nada de que preocuparse, ven y lo entenderás-
– Vale, vale, ahora salgo pero tendrá que ser una muy buena razón-

Ni siquiera le respondió, colgó el teléfono directamente. Estaba nervioso así que aprovechó para ducharse y confirmar que estaba “preparado”. Estos días le encantaban, eran sus mejores días y hoy podría compartirlo.

Encendió velas, encendió incienso con olor a vainilla, su preferido. Eligió bien la música, calculó el volumen, atenuó las luces que pudo y el resto las apagó. Era hora de cocinar.

En esos días cocinaba excepcionalmente bien. Hizo memoria para encontrar lo que más pudiera gustarle a Marta, no iba a ser por falta de recuerdos. El día anterior había hecho una gran compra de esas que hace un chef y tenía de todo. Había decidido rememorar aquel plato de burrata con jamón de parma, aceite de oliva y pimienta molida al momento de aquel restaurante italiano que solían visitar cuando vivían en Londres, la “Pulcinella”, en el Soho. Pero ese solo era un entrante, iba a acabar las croquetas que había empezado esa misma mañana. Quizá todo era una terrible causalidad; el reencuentro con Marta, la expansión del negocio, el éxito de este que le había dado esa tranquilidad y tiempo extra, todo convergía en ese domingo.

Una genialidad le pasó por la cabeza, y siendo como era, no le quedó más remedio que ponerse a hacer una “pavlova” con frutos rojos y nata como postre, esa sería una guinda perfecta para completar la antesala del “porque” de montar todo aquello con tanto esmero. Y el plato principal no podía ser otro que una de sus fabulosos rissotos, concretamente de setas, además, tenía unos ingredientes de primera que había tomado como pago por las horas extras de su último trabajo, un hotel de lujo.

Ya lo estaba saboreando, había empezado a salivar, disfrutaba de aquello de una manera espcial. Estaba convencido, crecido, lo tenía todo bajo control, el cava en el congelador, sudaba confianza, se había puesto “la colonia” que sabía de primera mano que provocaba una alteración en Marta… interesante. Lo mejor de todo aquello es que esta vez lo hacía para él, para su disfrute, sin más pretensiones, simple, como su filosofía, sincero, sano.

Tocó la puerta, habían pasado tres años desde que había visto a Marta irse por aquella misma puerta, dispuesta a no volver, cimentando su desgracia y sumiéndolo en un infierno que le costó superar, pero lo hizo y de la mejor manera, por eso esto podía estas sucediendo.

Se miraron, durante unos segundos parecieron disfrutar de aquellas pactadas sonrisas. – Bienvenue Mademoiselle-
Ella se rió, de nuevo.
– Tú y el francés, hola-

Curiosamente había llegado con sus tacones, uno de sus vestidos, tremendamente arreglada pero con esa natural belleza simple que le condenaba. Pareció haber entendido algo en

las palabras que no le dijo para haberse vestido así, consciente, como quedó demostrado desde el primer instante, de lo que era aquello. Entró sin esperar una invitación, la confianza se lo permitía.

Él la vigilaba, buscando continuamente su sonrisa, para eso era todo aquello, no había más motivo, quería disfrutar de un poco de arte en vivo y en directo. Por supuesto obtuvo su recompensa ya que sabía que le había dado motivos suficientes para que esa sonrisa fuera eterna durante todo la noche, o quizá no.

– Esto ha cambiado mucho-
– ¿Te gusta?- él sabía que si.
– Lo has dejado muy boni…¡oh!, mis flores-

Juan se rió, no podía evitarlo cuando la tenía cerca, disfrutaba de aquello al máximo, y ese día, podía sentirlo aún más, era como cuando no puedes dejar de reír.

– Aún las conservas-
– Te dije que las quería-
– Pero nunca te gustaron-
– ¡No es verdad! Siempre me gustaron, lo hacía para chincharte-
– ¿Enserio? ¿Y lo dices ahora?-
– Más de una vez te dije que me gustaba absolutamente todo de ti, y probablemente más lo que no-

Seguían con esas sonrisas, ahora de complicidad, como si nunca la hubieran perdido. – ¿Que me has preparado?- sacó esa picardía suya, tan suya, tan atractiva.
Él no pudo contenerse de nuevo y volvió a reirse.
– Sabes que no te lo diré-

De nuevo una mirada de complicidad, ya no podrían mirarse de otra manera.

Se abrazaron, sin siquiera sorprenderse, sin inmutarse. Un abrazo que borró esos tres últimos años y los devolvió a esa vida que habían hecho juntos, esa vuelta de París. Sonaba la música y, como si alguien hubiera escrito el guión, sonó la canción, “If you let me, these what I do, I take care of you”.

Las lágrimas brotaron, empezó a hacer más frío cada vez, en el suelo apareció una moqueta, desaparecieron los muebles, se deformó la habitación, un armario, una mesa de escritorio, las mesillas de noche, la cama con el nórdico de “moustache”, el olor, las vistas por la ventana, los posters en las paredes, llevaban los pijamas, Londres había vuelto por una milésima de segundo encerrado en esas lágrimas como si se tratasen se una bola de cristal de souvenir. Se quedaron así un buen rato, como la primera vez en el coche. Ella le acariciaba la mano de una manera tan dulce que parecía amarle, con “Adele” como banda sonora. Tenían todo el tiempo del mundo.

No estaba sorprendido, al fin y al cabo, era recordar una sensación, pero nunca hubiera imaginado estar en aquella situación, ahora no tenía muy claro como continuar.

– Tengo que vigilar el fuego, tu ves mirando cositas que se que quieres hacerlo-

Ella le plasmó sus palabras con un beso, corto, intenso. Todo había vuelto a la normalidad, aunque no estaba preparado para aquello, ahora debía meditar que significaba, decidió dejarse llevar.

– El sofá es lo mejor- se había sentado dejándose absorber como si el sofá fuera una ameba.
– Era necesario, fue lo primero que cambié-

Hubo un silencio y supo que estaba detrás de él, entonces se giró.

– Lo siento- lo dijo apenada, arrepentida, pero sin dejar de sonreír del todo, orgullosa de haberse quitado un peso que llevaba desde hacía tiempo.

Él enmudeció, eso si era una sorpresa. No creyó nunca que oiría esas palabras de su boca.

– Siento mucho lo que pasó. Creo que me superó la situación y no supe gestionarla-
– Creo que los dos tenemos que pedirnos perdón el uno al otro y a nosotros mismos. Yo hice infinidad de cosas mas, empezando por amarte de aquella manera, poniéndote una responsabilidad que poniéndote correspondía. Pero no hablemos de eso ahora-

De nuevo le brotaron una lágrima a ella que la obligaron a abrazarle de nuevo como si quisiera evitar que volviera a irse de su vida. Él le respondió igual, acariciándole el pelo del cual le encantaba el olor, besándola en la cabeza, besos que decían; “I take care of you”.

Habían vivido tantas cosas dentro de aquella cocina. Él cocinaba, ella lo miraba, sonriendo.

– Como echaba de menos estos olores tan tuyos-

– Sabía que lo harías- estuvo a punto de hacer una broma, pero era un momento tan especial que, aún sabiendo que no rompería la magia, prefirió dejarlo pasar.

Ella sabía que no podía estar allí, pero se aprovechó de que no sería capaz de echarla de la cocina, no aquella noche.

– ¿Cuanto falta?-

Se miraron y empezaron a reírse.

– No empieces-

De repente se oyó un ruido extraño.

– ¡Lo ves! Es mi barriga, no soy yo-

Las carcajadas invadieron toda la casa, allí estaba la mejor versión de cada uno, eso solo pasaba cuando estaban juntos. ¿Estaban juntos?

– Deja que algo siga siendo sorpresa-
– Vale- dijo alargando la “a” y se fue a sentarse a la mesa. – En cinco minutos lo traigo-

Salió de la cocina con el plato de burrata. Solo sabían mirarse, mirarse mucho y hacia dentro, y entonces, se reían de nuevo.

Si existe una definición de amor es esa escena. Un reencuentro con desenlace inesperado, instintivo y sincero, entre dos personas que han compartido tanto, que la inmadurez separó y la madurez ha vuelto a unir. Dos personas que, aunque mintiéndose a si mismas, nunca han dejado de amarse.

Ella le había robado casi todas las croquetas, como siempre, y la botella de cava, aunque era entera para ella. Habían disfrutado del rissoto y habían pervertido el postre jugando con la nata, sus labios y los dedos. Los mismos que recordaban, mejor que su cabeza, cada parte del cuerpo de Marta y que recorrían ahora con una sutileza en la caricias especial. Aquel era uno de sus días, pero se había convertido en “el día”.

Aquella situación había agravado su estado, ahora esta aún más sensorial. En estos días suyos, Juan podía sentirlo todo de una manera tántrica. Iba a disfrutar de ella en todas sus versiones, en todas sus texturas. Aquella noche iba a amarla como nunca la había amado antes, despacio, saboreándola, notando el tacto de sus manos, las cosquillas de su pelo, su calor, sus dimensiones. Iba a mirarla desde dentro, quería fotografiarla. Iba a contar todos los surcos de sus labios, a azotarle el culo, a estirarle del pelo, a escucharla respirar, reír, gemir, a escuchar el silencio de después, incluso a escucharla dormir, no era una princesa silenciosa. Iba a dejarse robar la manta, el cojín y parte del corazón. Iba a sujetarle los pechos cuando estuviera encima, a ponerse encima, a cogerla al aire y a darle la vuelta. Iba a hacerle “la cuchara” y el desayuno. A dejarle tres cuartas partes del armario, de la casa. Por la mañana la ducharía y volvería a ensuciarla recordando lo de aquella noche. La acompañaría al trabajo, igualmente, ambos sabían que no tardaría en mudarse, sería extraño no hacerlo para dos personas que empezaron viviendo juntos. Aquella noche iba a hacerla soñar, despierta y dormida, a soñarla. Aquella noche iba a durar toda la vida.

(X)

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