Correspondencia (•En Directo): Salir de caza.

Salir de caza

Le sudaban las manos y le dolía el pulgar de tanto escribir el mensaje y borrarlo. Estaba a punto de romper su norma más sagrada, no tener nunca un segundo encuentro. Pero ella no quería aceptar ese segundo encuentro, ella necesitaba ese segundo encuentro, le obsesionaba “su” recuerdo. ¿Estaba dispuesta a ello? ¿Quería volver a ese juego? Volver a ser gato o ratón, ¿a medir sus movimientos y la reacción que éstos causaban a su adversario? Sabía que esta vez el juego sería diferente, esta vez ella no llevaría ventaja, ni el control, las reglas del juego no estarían de su parte. La última vez que había llegado tan lejos, creyó incluso que podía volar, y la cicatriz que había dejado el golpe contra la cruda realidad aún era reciente. Estaba cerrada, pero no había dejado de escocer. No podía permitirse el lujo de volver a desfigurar su imagen. Había aprendido a (sobre)vivir estando rota por dentro, pero ¿no era un precio demasiado alto el que estaba pagando?

Allí estaba ella, con la toalla de la ducha aún, enroscada al cuerpo, con el pelo mojado y alborotado, alternando la mirada entre la pantalla del teléfono y las uñas de los pies, perfectamente pintadas de rojo.

Le obsesionaba el último desconocido que entró en la habitación 104 . Allí mismo, en su cama deshecha, con el cuerpo húmedo por la reciente ducha, podía recordar todos las sensaciones, las gotas de sudor perlando su frente, el sabor de su piel, la fuerza con la que le agarraban esos brazos, el olor de ese hueco en su cuello en el que él la había acunado para que pudiera absorber todo el placer que ofrece un buen orgasmo.

No se habían dicho los nombres, pero él la había llamado “Marta” un par de veces. Pero lo había hecho entredientes, con desesperación, como si las letras de ese nombre le quemaran en la punta de la lengua. ¿Quién era ella?

Nunca había aceptado un segundo encuentro y ahora estaba a punto de pasarse el protocolo de “apareamiento” por el arco del triunfo y proponer ese encuentro ella misma. Llegados a ese punto las opciones estaban claras: o se obsesionaba con el recuerdo o rompía las normas y se metía de lleno en la boca del lobo ¿qué culpa tenía ella si siempre tuvo alma de cazadora?

“22:30h. Hab 104.”

Tiró el teléfono encima de la cama, tenía un par de horas para arreglarse. Lo que Áurea aún no imaginaba, es que con ese mensaje había despertado al animal y una pantera nunca vuelve de caza sin su presa entre los dientes.

“ Oído” .

(M)

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