Estado mental permanente.

Cuando ya no te asusta ver pasar los trenes desde la estación, sin llegar a subirte a ninguno. Cuando eliminar de tu vida todo ( y a todos) lo que te sobra te parece una obligación, no un privilegio. Cuando el silencio que se crea al pasar un tiempo contigo misma, te parece la mejor de las melodías. Cuando tienes que tomar decisiones y te importa más el quién, y muy poquito el cómo, cuándo, dónde y por qué. Cuando entiendes que madurar es dejar de buscar fuera lo que no tienes dentro…

En ese preciso momento, entiendes que la felicidad puede convertirse en un estado mental permanente

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