El poder de un []

Empezó aquella mañana cansado y con el pie derecho. Tenía un caminar elegante y decidido, alguno de esos que entienden diría por su andar que tenía cierta determinación y seguridad en sí mismo. Ademas era de pasos largos y rápidos, dibujando así con su cadencia una estela serpenteante entre la gente que nunca le aguantaba el ritmo.

Y de repente un móvil. Estaba harto de las personas lentas pero odiaba mucho más a las que caminan en dirección a su pantalla atropellando a todo el que se pone en su camino. Notó un pequeño dolor en el hombro a causa del golpe que le hacía ladearse hacia la derecha cada vez que apoyaba ese mismo pie. Pero no tenía tiempo que perder, no podía llegar tarde, tenía responsabilidades.

Giró a la izquierda dejando la calle principal a su espalda, siempre tomaba aquel atajo que le acababa salvando la vida. ¡Café! Con el golpe se había olvidado de pasar por “El Corner” a por su dosis matutina que le servía de óxido nitroso. Solo tenía que dar la vuelta a la manzana, así que se cambió de acera y ¡café!.

Ahora ya tenía su cafeína, alguien había decidido que se la llevara puesta en su camisa blanca impoluta. ¿Azúcar? pensó irónicamente. La chica se había disculpado un número de veces que solo puede ser o insuficiente o exagerado. Pero que iba a hacer, la chica realmente parecía llegar más tarde que él.

Pedro le había invitado al café en vista de la imagen que ofrecía con aquella mancha tan característica, al menos era precavido y siempre dejaba una camisa en la oficina. Por el momento no le quedó más remedio que andar con el pecho ligeramente inclinado hacia delante para evitar que la camisa se le pegara al torso. Sin ninguna duda, aquella era su mañana.

En realidad no iba tan mal de tiempo, apenas le quedaban dos calles cuando el reloj marcaba las ocho menos diez, justo, pero lo podía conseguir. ¿Merienda? No, ya no había lo que debería haber sido su alimento para esa jornada. ¡¿Qué le pasaba a la gente?! Esta vez le costó más disimular su enfado ya acumulado en aquella vena prominente. La mujer ni tan siquiera se había parado, se limitó a gritar un vago lo siento apagado por el ruido de todos los coches que formaban el ya usual atasco de aquella avenida. Pero sintió a la vez cierta empatía con aquella madre que luchaba contra la fuerza de la gravedad que hacía tan difícil mover aquel carrito de bebé mientras intentaba que su hijo mayor, o eso suponía él, no se perdiera entre el tumulto.

Siempre podía comprar algo en las expendedoras del edificio pero nunca serían como su sandwich vegano. Además, ahora le dolía bastante el dedo gordo del pie donde había aterrizado su botella de agua. Debía parecer un tullido dada la forma en la que caminaba después de aquella gincana. Tenía un día relativamente fácil por delante, es cierto que tenía algunas tareas urgentes, pero a parte de eso, nada más.

Allí se erigía ya aquel monstruoso edificio cuya sombra se desplomaba sobre medio parque. ¡¿Qué diablos?! Cuerda, trampa,  golpe, suelo, cielo, ira. La sucesión necesaria para grabar una película de Indiana Jones. ¡Controle a su perro! le gritó a aquel débil anciano. Por supuesto, no se había dado cuenta de a quien le gritaba ni lo haría ya que salió corriendo, ofuscado y sin mirar atrás, rabioso, casi con espuma en la boca.

No quería ni imaginar el aspecto que debía tener. Más café del que esperaba, menos comida de la que debiera, un continente marrón había emergido de su camisa, algo de musgo en su rodilla, por no hablar de las punzantes agujas que parecían clavarse en el hombro, el dedo del pie y la cadera. Y aquella manera de moverse que recordaba a las niñas jugando a la rayuela, todo un espectáculo.

Por fin había llegado al hall del edificio, ya nada podía pasarle. Directo al ascensor, novena planta y a transcribir aquellos archivos. Notó su enfado al notar como la temperatura de aquel ascensor vacío se había calentado. No podía empezar peor, no quería toparse con nadie en su camino o podría desencadenarse la tercera guerra mundial, o como mínimo un simulacro.

Se sentía abatido, le pesaban cada una de las baldosas que tenía que recorrer hasta llegar a su escritorio, le sobraban todas esas voces, inútiles a su parecer, de sus compañeros, sobretodo la de Sofía aclamando su cumpleaños. Aquel pasillo parecía haberse convertido en un bucle de silla, mesa, ordenador, tabique, silla, mesa, ordenador, tabique, silla, mesa, ordenador, tabique… Le molestaban hasta las luces que ahora le cegaban y no hacían más que alimentar, como si la frustración practicara la fotosíntesis, aquel volcán en el que se había convertido.

Alcanzó a reconocer algo familiar, era su escritorio, su espacio, lo que parecía su nirvana en aquel momento y, frenazo, silencio repentino, susto, perplejidad, incomodidad. ¿Dónde estaba? Una masa se había abalanzado sobre él recogiéndolo como si de una ameba se tratara, envuelto en dos delgados brazos que no llegaban a tocarse por su espalda, algo apoyado en su pecho. Calor, tacto, olor, manta, hogar, paz, abrazo.

Eso era un abrazo; un fin de semana, un gracias tangible, amor, familia, sentido, regalo.

0509171821

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