Undated

Sentía el pesar de un tiempo que no tenía y empezó a preguntarse si todo aquello, todo lo que él era, merecía la pena. Podía estar perdiéndose en el camino mismo de lo que quería ser. Agotado ante la rutina de una sociedad que no entendía, ante las normas no escritas que regían a las personas que en ella habitaban. Se sentía tremendamente solo, no era por falta de amigos sino de confianza. Parecía estar arrastrando el mundo, al menos el suyo que no era pequeño. Se había complicado mucho, quizá demasiado para lo que una persona a la que le faltan apoyos puede soportar, tenía miedo.

Le estaba afectando de una manera seria, se estaba secando por dentro, enfriando y recrudeciéndose. Había empezado a sentir un odio hacia el resto de personas un tanto enfermizo, sabía que era por aquel estado de extenuación tanto física como mental. Además llevaba encima un exceso más, se había auto-impuesto la consigna de ser fuerte, no lo era y estaba muy lejos de serlo, pero lo aparentaba porque creía que debía hacerlo, sabía que todo funcionaba mejor así, pero era un esfuerzo titánico, uno más. Realmente tenía la esperanza de que la situación empezará a mejorar pronto fruto de todo aquel trabajo que estaba haciendo, sino tendría que tomar decisiones drásticas aunque ya había tomado alguna, pero las que empezaban a cruzarse por su mente ya representaban perder un poco de sí mismo.

Tenía ya un plan B; tenía muy claro que si no lograba un relativo éxito se marcharía, lejos, muy lejos, donde no le conociera nadie y rompería lazos, aquellos que le frenaban, que le ataban y le minaban la felicidad. Pero no deseaba por nada llegar a aquel punto, eso significaría un fracaso y tener que empezar de nuevo, otra vez, ¿Cuántas más tendría que hacerlo? ¿Empezaba realmente de nuevo?

Había establecido una triste rutina, un desorden que le erosionaba, había empezado a convertirse en un autómata que sigue una ralla en el suelo. Ya no consistía en la falta de tiempo o en la falta de energía, ahora ya deseaba aislarse incluso de sí mismo. Ya no se escuchaba, ya no sentía, en parte se lo había prohibido. Solo se debía a él y en aquellos momentos era exactamente lo que necesitaba si quería conservar algo, si quería mantener la esperanza de volver algún día.

Existía un egoismo en quien menos esperaba, demostrándose a sí mismo, una vez más, que no se equivocaba. Personas incapaces de entenderle, de leerle y cuya respuesta, preferiblemente nula para él, era hacer como si no pasara nada. Aquello le confirmó que estaba solo, precisamente de quien intentaba convencerle de lo contrario.

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