Barraca

A veces me transporto a un bosque tupido, oscuro y húmedo, uno de esos que me gusta fotografiar. Me dejo perfumar por sus encantos, me pierdo como en un cuento de fantasía.

Me imagino viviendo en una pequeña barraca de madera que forzosamente he tenido que restaurar. Es algo humilde, sin lujos y acomodado a viejas costumbres de aquel mundo pre-tecnológico en el que tan siquiera se oía la palabra “digital”.

Me nutro de las hortalizas y frutales del jardín que parece ya integrado entre los altos árboles. Tan solo visito la ciudad para algún encuentro, las compras necesarias y alguna urgencia.

Aquí se puede escuchar la mejor de todas las bandas sonoras. Durante todo el día me acompaña el mecer de las hojas, el crujir de las ramas, los pájaros, el viento abriéndose paso, incluso, en ocasiones, puede oírse algún pequeño conejillo deambular cerca de la casa esperando a que lance los restos de comida al jardín.

Me paso la mayoría del tiempo fuera, sentado en mi tronco olvidado entre la maleza, oculto. Ese oasis de paz que te permite, curiosamente, conectar con tu esencia a la vez que consigues mimetizarte con la naturaleza.

La casa desde fuera sigue pareciendo abandonada aunque está bien vigilada por mis trece perros y todos los gatos que acabo adoptando; no entiendo una vida sin animales, ellos son la exacta definición de amor incondicional.

El aspecto de la casa se debe a la intención de alejar a cualquier curioso, eso se debe a mi carácter algo reservado y a la innumerable cantidad de libros que guardo en ella. Libros que he ido acumulando a lo largo de los años y de los que no podría desprenderme.

En el interior también hay una pequeña cocina de leña, algunos bártulos de mis múltiples aficiones artísticas, una cama ancha con un buen colchón que cumple bien las funciones y una mesa lo suficientemente grande como para disfrutar de agradables cenas en las que siempre me toca cocinar a mi, aunque mi casa es para algunas pocas personas.

No quiero olvidarme de la chimenea que preside la esquina y completa el ambiente caliente y acogedor que da la madera, la hipnosis de las llamas me ayuda a dormir en invierno cuando suelo quedarme dormido delante, encima de la alfombra.

Soy bastante incorrecto, las reglas y leyes no ejercen sobre mi importancia alguna por lo que también tengo entre arbustos frondosos algunas plantas de cannabis sativa, que utilizo en una amplia variedad de formas.

Trato, en la medida de lo posible, de auto-abastecerme, desgraciadamente es imposible hacerlo de manera completa y me veo obligado a ejercer el trueque con quien tiene algo interesante que ofrecer y como última opción, recurro a las grandes urbes.

Al fin y al cabo esto no trata de exiliarse del mundo como forma de rechazo sino más bien el camino a una libertad que nunca deja de ser parcial y a la conexión con la vida.

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