Nada es tan importante

Y aprovechando la premisa anterior, enlazaré el concepto de libertad en esta que representa, dentro de toda esta lista, mi premisa por antonomasia. 

Sabemos cual es nuestro final y que hagamos lo que hagamos no podemos cambiarlo. Si tomamos ese hecho y lo enfocamos a la búsqueda de la libertad, de la misma manera que tratábamos de quitarle hierro a la muerte, entendemos que debemos aprender a relativizar todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida.

Venimos estableciendo una especie de estado de exageración en el que parece normal y común agrandar cualquier inconveniente que se nos plantea, además, tal y como están construidas las sociedades de los países desarrollados, también se mezcla un afán de victimismo que roza lo enfermizo. Invertimos más tiempo en proclamar nuestros problemas al mundo y en lamentarnos esperando que este nos consuele que en buscar una solución, y este modus operandi, producto de la aparición de las redes sociales, parece que ha venido para quedarse.

Partimos de la base en la que un problema lo es en relación al punto de vista, por tanto, hacemos evidente el carácter relativo de estos, pero vamos a profundizar más en ese aspecto.

Como bien dice la frase, “lo único que no tiene solución en la vida es la muerte”, y aunque no me atrevería a afirmar que la muerte no tiene solución, nos sirve perfectamente para explicar esta premisa. Cualquier obstáculo tiene tantas soluciones como queramos buscar, y e aquí la cuestión, tantas como queramos buscar. El ser humano tiende a la desidia, a la comodidad, al camino fácil, y no es en absoluto un defecto, pero, abogando a la primera premisa, siempre y cuando hayamos analizado las consecuencias y valorado si esa dirección es la más adecuada. No queremos pararnos a pensar, tener que reflexionar o meditar acerca de algo si podemos agarrarnos a un clavo ardiendo, pero olvidamos que quema, o más bien, lo omitimos voluntariamente. 

Llegar a relativizar la vida misma pasa obligatoriamente por el esfuerzo de análisis y creación de soluciones y/o alternativas, no por las lágrimas sobre mojado ni del consuelo ajeno. Debemos tomar conciencia de la importancia de tratar cara a cara los problemas, dudas, incertidumbres, inconvenientes, etcétera, puesto que es la única manera de asegurarnos una solución eficaz, cueste lo que cueste. Construir una casa de paja es una solución temporal para guarecerse del frío y la lluvia, pero no evitas que cuando vuelva a soplar el viento te tire la estructura en la que has invertido un tiempo.

Y volviendo al principio, nada de lo que suceda en tu vida evitará su final, no existe problema que tenga esa capacidad por lo que nada importa lo suficiente. Y no malinterpretéis estas palabras, no me refiero a posicionarse indiferente a la vida y sus desdichas, sino de aprender a rebajar el peso que nosotros mismos hemos añadido. Se trata de observar que al encontrarnos con un inconveniente, cuanto más breve sea el tiempo de reacción y esa reacción no sea otra que apelar a nuestra capacidad resolutiva, menos importancia y tiempo le habremos brindado a ese inconveniente. Un ejercicio típico pero efectivo es mirar al pasado, a una situación difícil que hayamos tenido que afrontar y volver a analizarla ahora que ya encontramos una solución, de esta manera caeremos en la cuenta de lo nimio de este.

En resumen, teniendo en cuenta que no podemos alterar nuestro final y que cualquier inconveniente es un inconveniente hasta que se soluciona y por tanto, encontrando una solución deja de serlo, los problemas son relativos. 

Esta es una premisa muy complicada de asimilar y de poner en práctica, de hecho, creo que nunca dejas de trabajar en ella ya que no se nos enseña a gestionar nuestras emociones. Pero en mi caso particularmente, he hecho de esta frase un mantra y, para mi asombro, funciona como tal. “Nada es tan importante” tantas veces como quieras.

2 comentarios en “Nada es tan importante

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