Ir y venir: Empezar

Puerta #3.jpg

Pasado

Ernesto, así es como se había presentado aquella voz. Sin lugar a dudas era una persona peculiar. Le confundió, seguido de un nerviosismo, el modo brusco y seco con el que le había acomodado en el sillón viejo que se situaba en la esquina de aquel salón lleno de libros para empezar a leer lo que parecía un manuscrito:

No recordaba cuánto llevaba corriendo, podrían haber pasado ya treinta o cuarenta minutos, lo que tenía claro es que no debía parar aún, así que sin detener más su atención en el tiempo, siguió. 

Empezaba a faltarle el aire y el aliento, la boca seca ya como esparto y los pies quejicosos y apretados en aquellos zapatos baratos. De pronto, al girar la esquina de aquella calle en forma de pasillo se dio de bruces con una bicicleta aparcada al lado de un portal. Estaba perfectamente cuidada y relucía aún la penumbra de aquel callejón.

Pudo entrever en la pequeña rendija entre la parte inferior de aquel portón y el escalón lo que parecía una hoja de un libro. No pudo evitarlo, empujó la pesada puerta sin ninguna esperanza y efectivamente, nada sucedió. Intentó entonces extraer el trozo de papel, y no sin romper una de las esquinas, consiguió finalmente llevárselo a una altura en la que sus lastimados ojos pudieran leer lo que decía; <<¡tu arte importa!>>”.

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